25 de septiembre de 2008

Ausencia

La mañana del entierro Reme vio muchos ojos.

Vio el desafío en los de su madre Saturnina, que, en esa mezcla entre compasión y sumisión, acababan por no ofrecer ningún resultado. Ninguna química. Nada. Eran unos ojos inertes, que transmitían sentimientos opuestos, y, por lo tanto, desconcertaban a quienes eran mirados por ellos. Saturnina siempre había mirado a un hombre como el hombre de una mujer, por lo que sus ojos se mostraban más compadecidos ante los de la señora.

Vio la pérdida en los de los amigos de Fernando. Confusión. La muerte de un ser relativamente joven les desconcertaba más que la de un viejo. Buscaban entre las caras, para finalmente acabar mirando a los ojos de Reme y, sólo en ese fino hilo que unía estas vidas, entender la compasión humana que las personas podían demostrar en un entierro.

Vio el retorno en los de sus amigas de la infancia, que, tras años al servicio de sus anillados hombres, volvían a hablar con ella en profundidad. Un entierro las unía. No una fiesta. No un aniversario. No una alegría. El entierro ayudaba a sus amigas a recordar lo tierna que había sido siempre. Esa maldita ingenuidad que la caracterizó durante toda su adolescencia y que fue compartida en los típicos cuchicheos de jovencitas.

Vio el trabajo en los ojos del cura, quien, a pesar de conocer a Fernando, habló de él como de un ser más. Sus palabras no lograron arrancar ninguna lágrima a Reme. Pensaba que tal vez su intención era esa, no excitarla más durante la misa. Todos estos ojos dejaban en Reme la misma sensación: Indiferencia. Mirara a los ojos que mirara, nunca encontraba una salida, o una explicación al hecho. Al no haber experimentado esta sensación durante tanto tiempo, Reme estaba más confusa.

No fue hasta la noche del entierro, cuando, después de evaporarse emocionalmente en la ducha, se miró al espejo. En sus ojos vio todo lo que necesitaba: Ella misma.

9 de agosto de 2008

Ajam

Pues eso, que no se me ocurre nada. El calor absorbe mi cerebro.

6 de julio de 2008

¿Lo sé?

Estoy intentando poner las ideas en orden pero no sé qué está pasándome. Supongo que es falta de inspiración pero más que una propia paranoia del texto yo diría que mi caos se refiere al medio. ¿Qué hace que una historia sea buena? ¿Cómo sé que mis historias serán en un futuro interesantes? Quiero decir, a mí siempre me resultarán interesantes, aprovechables, vendibles, pero... ¿Cómo sé que le parecerán lo mismo a alguien tras una mesa? ¿Dónde está el secreto de esta conexión entre él y yo? ¿Y si lo que escribo es una pérdida de tiempo? ¿Y si debiese estar adentrándome en lo que sé que será interesante? ¿Lo sé? La pregunta es... ¿Lo sé? ¿Lo sé? ¿Lo sé?

26 de junio de 2008

Desorden

No sé por qué escribo la historia desordenada.
Será que tal me viene, tal lo pongo.

8 de junio de 2008

Ausencia

- La gente está llegando.

Silencio.

- Te he sacado el vestido de la tita.

Silencio.

- Es tarde. Despiértate ya, Reme. Y come algo o te desmayarás en la Iglesia.
- Mamá, no tengo fuerzas para levantarme...
- Irás.
- Mamá, tienes que comprenderme...
- He dicho que irás y eso es lo que harás. Es el entierro de tu marido.

21 de mayo de 2008

Ausencia

Ni el agua salía fresca al mediodía. "La tubería ha tenido que calentarse muchísimo", pensó Reme, y siguió fregando. Si salía helada o hirviendo era lo de menos para ella. Lamentaba fregar sólo un plato, un vaso, un cubierto. Estos momentos le recordaban lo sola que estaba. Cocinaba para una, aunque su madre le llevaba frecuentemente restos en tupperwares, restos que ella apenas podía masticar de la tristeza que le suponía la comida. Intentaba no ser escrupulosa o perder la cabeza por estas cosas porque alguna vez había visto en el televisor reportajes sobre anoréxicas y bulímicas que le produjeron vértigo. No era tanto el hecho de comer sola sino de fregar su suciedad. Reme sentía que se fregaba a sí misma, y le costaba desprenderse de esa realidad. El ventilador de madera que colgaba del techo hacía menos fatigoso ese momento, pues por la ventana sólo entraban bocanadas de calor. La salsa de los filetes estaba seca en el plato, cuajada, inmóvil, por lo que era curioso ver cómo el agua a presión la destruía, creando en el plato todo un apocalipsis. Reme sacó el plato para secarlo con un trapo cuando algo la asustó y se le cayó al suelo. Se rompió. Había advertido algo en la cocina, no era un delirio. El aire había cambiado, era apreciable. Recogió los trozos rotos y, aún intrigada, los volcó en la basura. Sentada después en la mecedora, razonó hasta convencerse de que no había sido ella quien había dejado caer el plato.

12 de mayo de 2008

Ausencia de palabras para Ausencia

Saturnina Falcón abrió la puerta de la casa a las ocho de la mañana, aunque su yerno no se enterraba hasta las once.

Esa frase es lo único que he escrito en un mes para Ausencia, la historia que tengo en la cabeza, y que pienso llevar al papel.